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“Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”

“Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”

En Italia las comunidades católicas vuelven a celebrar la Eucaristía con participación de fieles; en Argentina se abren los templos para la oración personal.

El tiempo que estamos viviendo nos da la posibilidad de vivir de un modo diferente nuestra fe, poniendo al descubierto hermosos valores y ayudando a superar algunos modos infecundos de practicarla; por otra parte nos ha servido para estar atentos frente a posibles peligros.

En el capítulo 6 del Evangelio según san Juan, que durante el tiempo pascual hemos leído, se nos recordaba que el punto inicial de la propuesta cristiana es creer en Verbo que se ha encarnado. Es fundamental creer en Aquel que ha bajado del cielo para poder aceptar que es el pan bajado del cielo, y para llegar a aceptar que ese pan es su cuerpo para que quien lo coma no muera sino tenga la vida eterna.

Durante la cuarentena la gran mayoría de los fieles católicos ha vivido sin celebrar la Eucaristía en modo presencial y sin recibir la comunión en modo sacramental.

¿Valores redescubiertos?: pienso la importancia de nutrir la fe en la participación consciente activa y fructuosa en el Sacrificio Eucarístico. La necesidad de comer al Banquete de comunión para fortalecer la vida de gracia.

Igualmente pienso que se ha descubierto la importancia y responsabilidad de profesar la propia fe buscando nuevos modos de expresarla y de celebrar.

Se ha dicho con razón que en cada casa de abría una iglesia. Se volvía a vivir con asombro lo que desde ha sido una verdad: LA FAMILIA ES IGLESIA DOMÉSTICA. Y esa realidad ha dado lugar a mil modos de celebrar en casa, enriqueciendo la participación de las celebraciones transmitidas desde los templos. ¡No podemos imaginar todo lo que ha suscitado el Espíritu Santo puertas adentro en cada familia!

Es igualmente importante ver cómo la experiencia vivida nos alerta de posibles peligros; ¿cuáles? el primero y más grave es el individualismo; otro es el exagerado valor de la mediación virtual y sus consecuencias: el aislamiento, el temor al contacto, la comunión sin proximidad.

Si bien el acto de fe es personal ya que se expresa en el “CREO”, tiene raíz eclesial y se verifica como auténtico sólo en la fe de la comunidad que dice “CREEMOS”. 

Seguramente recordamos la fórmula “Esta es nuestra fe, ésta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar, en Jesucristo Nuestro Señor”. Sería traicionar la naturaleza de la fe si prevalece lo individual oscureciendo lo personal y cerrándonos a la dimensión eclesial. La Iglesia la “asamblea” de los que creen.

“Jesús es imagen de Dios invisible y primogénito de toda creatura”. La Iglesia desde siempre ha valorado la imagen (icono) como mediación para entrar en comunión con el Señor. La veneración de las estatuas o pinturas que representan lo divino, lo que no se ve, tiene la función sacramental de llevarnos, por medio de lo sensible, a la gracia invisible. Sobre éste principio se estructura toda la dimensión sacramental de la Iglesia.

Sin embargo, es necesario recordar: cuando se dice que Dios se ha hecho visible en Jesucristo quiere decir que se ha hecho concreto, en tanto imagen se ha hecho materia sensible, se ha revestido de nuestra carne. “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”, decía el Señor resucitado.

La imagen tiene su valor y la comunión espiritual (impedido uno de la comunión sacramental) acrecienta la unión con Dios; más todo eso prepara al encuentro con lo concreto. Lo sabemos por experiencia no es lo mismo hablar por teléfono y ver en una pantalla las personas amadas, a encontrarlas y sentirlas y abrazarlas. La comunicación mediada es real sí, pero falta algo pisar la misma tierra, ocupar un mismo espacio, estar cara a cara.

San Agustín dice: “tocando se acerca uno al tocado”.  Las mediaciones son solo propedéuticas al encuentro, a la escucha y a la intimidad de la comunión material. Una celebración trasmitida con buen sonido e imagen perfecta no sustituye la participación física, que permite ver, tocar y gustar el Pan eucarístico, y oír: “Esto es mi cuerpo” = “Mi cuerpo es esto”. San Juan de la Cruz dice: “La dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura”

El aislamiento y el temor al contacto podrían privar de los grandes bienes de la vida comunitaria y de la proximidad. Sabemos la comunión se amasa fatigosamente sobrellevando unos las cargas de otros, soportándonos mutuamente en la caridad. A veces se dice: “estoy muy bien conmigo mismo” “voy muy de acuerdo conmigo”. El aislamiento lo único que produce es esterilidad.

Perder proximidad produce un enfriamiento de la empatía, de la compasión y de la comunión. “Parientes y amigos se pierden por falta de trato”, decía s. Teresa de Ávila. La más grave consecuencia del alejamiento es aquella enfermedad espiritual que se llama esclerocardía, dureza de corazón, por aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente”. ¡Qué pena no poder identificarse con Aquel que dice: “aprendan de mi que soy paciente y manso de corazón”!

Agradecidos y atentos, entonces. Volveremos a encontrarnos en torno al altar del Señor. Preparemos el encuentro para alabar, para agradecer y para compartir los valores conquistados y alejar los peligros. Digamos con el salmista: “¡Qué alegría cuando me dijeron: VAMOS A LA CASA DEL SEÑOR!”

Don Ángel Hernández

Iglesia Nacional Argentina

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